Espejo retrovisor

Javier siempre fue un trasgresor.
Sufrió las consecuencias.
No era ningún ignorante, sabía que no había que esperar el colectivo muy cerca del cordón. Cierto es que en la ciudad donde reside, no es muy común que el transporte de pasajeros se acerque a la vereda, pero él sabía que no debía esperar al ciento cincuenta y uno tan cerca del cordón.
Aquella mañana despertó rebelde. Después de lavarse la cara y desayunar brevemente, leer los chistes del diario y mirar la temperatura en la televisión, sin sobreponerse a su cara de dormido, Javier salió.
Se paró justo sobre el cordón, ese borde angosto que separa el universo de los peatones del reino de los rodados. Lo hizo de costado, con un pie adelante del otro, probando su equilibrio. Tenía tiempo suficiente como para llegar temprano a su destino, pero justamente el destino quiso, que ese día de octubre, el ciento cincuenta y uno se acercara a la vereda.
Javier permaneció durante tres días en el hospital tras haber sido golpeado por el espejo retrovisor del colectivo, que violó el imaginario límite entre el reino de los transeúntes y el universo de las máquinas asesinas.