Estación de servicio

Javier siempre fue un trasgresor.
Sufrió las consecuencias.
Aquella fue una tarde calurosa de invierno. Sí, de invierno. Uno de esos días que llegan sin avisar y llenan la más gélida estación de un calor incoherente. Javier se desplazaba de un punto a otro en su vehículo naftero cuando una lucecita en el tablero le informó la escasez de combustible.
El mal humor fue inmediato, causado en gran medida por el precio de la nafta. Entró en la primera estación de servicio que encontró. Apagó el motor del coche y salió para abrir la tapa del tanque. Cuando, después de una espera bastante tolerable, el empleado se acercó, Javier pronunció las palabras mágicas. Tanque lleno.
Ya dijo Einstein que el tiempo es relativo, y tan aburrido estaba Javier que tenía la sensación de que aquel surtidor tardaría por los menos diez años en llenarle el reservorio. De repente su vista alcanzó a leer un cartel a lo lejos. Sintió la incontrolable necesidad de desafiarlo. Así que sacó de su bolsillo un atado de cigarrillos, sacó un cigarrillo del atado, un encendedor del otro bolsillo. Mirando el cartel con una sonrisa burlona, encendió el cilindro provocador de cáncer.
Tres dotaciones de bomberos pelearon durante horas contra el fuego. La explosión inicial había sido enorme. En pocos minutos las llamas vistieron de rojo el cuerpo de la estación y durante los primeros minutos, los bomberos sólo buscaron evitar su propagación. Una vez extinguido el desastre, ya no hubo más estación de servicio.