Playa electrolítica

Javier siempre fue un trasgresor.
Sufrió las consecuencias.
Llegó, después de horas en la ruta, a esa localidad de la costa atlántica que lo esperaba para compartir con él sus vacaciones. Es sabido que por esos pagos el agua es bastante fresca, la arena tiene muy poco que ver con ese colchón de piedra erosionada caribeña y el viento es siempre molesto. Las nubes cubrían el cielo e impedían el paso de gran parte de la luz solar. La gente abandonaba la playa.
Javier, sabiendo que el clima no lo acompañaba, fue igual a ver el mar. El viento y el frío resistían su presencia, pero él avanzó hasta la orilla impulsado por la inercia de todo el tiempo que había pasado encerrado en la oficina. Escuchó la música acuática que tocaban las olas y sintió como el agua le acariciaba los pies.
Desafiando a su abuelo, que le había dicho muchas veces que no era seguro el mar cuando se avecinaba una tormenta, fue subiendo esa escalera ondulante hecha de escalones de espuma. El consejo de su abuelo cada vez sonó más fuerte. Javier siguió adelante. Vio el primer relámpago. No retrocedió.
El partido de la costa amaneció con la trágica noticia. Poco se supo de aquel audaz que desafió el clima y terminó internado, con quemaduras eléctricas por todo el cuerpo. Felizmente sobrevivió y pudo volver a la oficina, aunque el resto de su vida tuvo el pelo parado.