Escalera mecánica

Javier siempre fue un trasgresor.
Sufrió las consecuencias.
Ese día viajaba en el subte, en un vagón por debajo de la tierra. Lo aburría la alternancia de la aceleración y la inercia consecuencia de la frenada, con el único contrapunto de la chicharra aturdidora. Iba sentado, incómodo.
Se abrieron las puertas de nuevo, pero esta vez, era la estación indicada. Bajó del vagón y caminó hacia la salida. No lo hizo como persona sino como gota de ese fluido de gente que sale siempre de los trenes.
Al fondo del andén estaba la escalera mecánica. Recordó haber leído un cartel acerca de un botón rojo que paraba en seco las escaleras autómatas, un cartel que advertía una sanción para aquel que osara tocar el botón sin una razón de peso.
Cuando estaba por subir el primer pie a esa escalera cíclica, a unos cuantos centímetros de su mano derecha, vio el botón rojo. En un segundo miró hacia arriba, la escalera estaba llena de gente. No pudo evitar tocarlo.
Veintisiete personas resultaron heridas, seis de ellas de gravedad. Javier se desilusionó al ver que no había sido tan divertido como esperaba. La amenaza de aquel cartel se concretó y Javier fue expulsado de la estación y suspendido por quince fechas.