Hipermercado

Javier siempre fue un trasgresor.
Sufrió las consecuencias.
Era una tarde de domingo, de esas que debido a la timidez climática, al no salir el sol ni decidirse las nubes a precipitar, invitan a no hacer nada. Y Javier no hubiera hecho nada en todo el día si no fuera porque al abrir la heladera con intenciones de almorzar se encontró con la terminante realidad del hambre. Con un notorio mal humor se subió al coche y arrancó el motor de cuatro tiempos cilíndricos. Puso primera marcha. Se fue al supermercado.
Cuando entró a ese gigante galpón lleno de productos de primera y última necesidad, se preguntó irritado por qué razón cada vez que iba las cosas estaban en un lugar distinto. En esta ocasión, ahí nomás de la entrada se ubicaba la sección bazar con góndolas y góndolas repletas de objetos de rompible vidrio traslúcido. Y en un instante concibió su venganza.
Miró fijamente un estante larguísimo lleno de todo tipo de vasos y cuando estaba por alcanzarlo estiró su brazo derecho a la altura de aquellos utensilios concebidos para contener líquido. Poco a poco, gracias al creciente sonido producido por los vasos al darse contra el piso, todo el supermercado supo de la venganza de Javier.
Tuvo tiempo de alcanzar la otra punta de la góndola antes de ser interceptado por los empleados de seguridad, quienes al mirar los destrozos y la cara de su causa, dudaron si llamar a la policía o al instituto psiquiátrico de guardia.
Sorprendería a todos Javier, que se mostró tranquilo y sensato. Él solito recogió del suelo todos los pedazos de vidrio que tuvieran un código de barras y se dirigió a una de las cajas. Dispuso su compra en la pequeña cinta transportadora y espero con paciencia que la empleada pasara cada pedazo por el lector inventado por Lemelson. Todo terminó cuando Javier, con total impunidad, sacó de la billetera su tarjeta de crédito.