Paradoja del superdotado

Aún sin ser legal la experimentación genética en seres humanos, en algún organismo estatal de inteligencia de esos que hacen muchas cosas en secreto, lograron no se sabe bien cuando engendrar un hombre de una capacidad intelectual totalmente irreal. El superdotado, a quien no dieron ningún otro nombre, creció en un laboratorio, aislado pero muy bien educado. Pronto no hubo nada más que enseñarle.
Era el dueño del cerebro más prodigioso de la historia. Nunca antes había existido un hombre, ni siquiera clonado, que ostentara semejantes capacidades neuronales. Ninguna computadora en el mundo competía con su velocidad de cálculo. Ninguna enciclopedia poseía más información que su cerebro. Nadie sabía a ciencia cierta cuál era el límite de aquella extraordinaria capacidad, porque ninguno de los científicos creadores del superdotado estaba cerca de ese límite.
Tristemente, después de haber constatado su formidable velocidad de cálculo y esa interminable cantidad de recuerdos, mayor a los de aquel memorioso personaje de Borges, los genetistas tuvieron que aceptar su rotundísimo fracaso. Es que todo lo que tenía el superdotado de brillante, también lo tenía de cuadrado. No producía nada nuevo. No era más que una cotorra humana.
Los hombres de guardapolvo blanco hicieron muchas pruebas, pero no consiguieron nada nuevo con el superdotado. Después de dos meses, cuando ya pensaban en sacrificarlo, a un loco se le ocurrió una idea. El humano experimento sin nombre se salvó de la muerte y terminó en un museo de matemática. Fue el primer hombre racional en aprenderse de memoria la infinita cantidad de cifras de un número irracional.
Paradójico.