Superhéroe mecánico

Los padres de Agustín se las habían arreglado bien. De a poco consiguieron que el niño de los superpoderes entendiera que no era como los demás. Además de las clases de lengua y matemática, su madre desarrolló un programa de ejercicios para que Agustín aprendiera a controlar su fuerza. Para cuando cumplió diez años, sabía escribir, sumar, restar y podía jugar a la pelota con sus vecinos sin reventarla.
Cuando sus padres empezaban a tranquilizarse creyendo que había pasado lo peor, Agustín comenzó a hacerse preguntas de una inobjetable profundidad ética y moral. Y reflexionando solo, en el jardín de su casa, llegó a la misma conclusión que todos los demás superhéroes de la historia. Él tenía un don y tenía que usarlo para ayudar a los demás. Infinita nobleza la de Agustín, aunque intelectualmente, aún no estaba preparado para asumir su compromiso con el mundo. Sabía sumar, restar, leer y escribir, pero eso no alcanzaba para decidir con madurez cuándo y dónde intervenir.
Así fue como durante su primera semana de trabajo resultó odiado por gran parte de los mecánicos de la ciudad. Es que cuando leía en la carrocería de un remolque la palabra auxilio se lanzaba al rescate del vehículo, creyéndolo secuestrado por el conductor. Al cabo de seis días, todo chofer de un remolque terminó atado en un poste de luz por algún lado. Agustín se llevó volando los remolques libres. Los amontonó al sur de la metrópoli.