Papas noisette

Esas papas fritas de amigable redondez tienen un gusto especial. Tan especial que quise hacerlas un día para almorzar. No sabía cual era el procedimiento, fui lo bastante soberbio como para no averiguarlo de una fuente fiable. Recordé como eran, me arriesgué a hacerlas solo. Pensé que la forma más apropiada de obtener esferas de un tubérculo deforme era hacer puré. Así que pelé unas papas, las corte un rato, las herví bastante. Cuando estuvieron hechas, después de deshacerme del agua transmisora de calor, las pisé. Y después de esperar un rato que se enfríen, con paciencia, acomodé sobre la mesa humildes filas y columnas de bolitas de puré de papas. Cuando las vi formadas, como si de un pelotón de infantería se tratase, me emocioné. Calenté una buena cantidad de aceite. Esperé que alcanzara buena temperatura con impaciencia. Mi envidiable almuerzo estaba cerca, comería como los dioses. Tomé una de aquellas bolitas y la acerqué al aceite. La solté. Floto un instante mínimo con ruido a fritura. Se desintegró. Lo único que obtuve fue puré frito. Comí ensalada.