Súper Hijitus

Durante mi infancia vi varios programas de televisión. Casi todos los vuelvo a ver hoy, no por ser excesivamente nostálgico, más bien porque me siguen pareciendo muy entretenidos. El Zorro, Brigada A, Mac Gyber y el argentinísimo y clásico Súper Hijitus.
Mientras volvía a ver las aventuras de Hijitus y Pichichus, me reía con ese comisario bastante correntino y las ocurrencias malvadas del profesor Neurus, disfrutaba de la deformación del idioma de Oaky, los versos de Larguirucho y los tangos de Pucho, me sorprendía con la música. Las grandes obras de Stravinsky, la novena de Dvorak y alguna de las sonatas de Beethoven enfatizan el clima de las escenas con gran acierto.
Una de cal y una de arena, reza el saber popular. Es que mientras volvía a ver la historia de ese superhéroe infantil me saltó en la cara una de las traiciones argumentales más grandes de mi vida. Quizás exagero un poco. No sé si todos recordarán a ese gran villano que consigue incomodar profundamente al profesor Neurus, ese que desde una silla opera armas tan curiosas como las bombas de hacer humo a la gente y sus armatostes electrónicos, ese que tortura a Neurus con la cámara hidroachicante.
Granampa hace de las suyas durante gran cantidad de capítulos, hasta que finalmente Hijitus lo lleva volando a la puerta de la comisaría. Cuando el villano quiere huir, Pichichus lo muerde y este se desinfla. Debajo del curioso traje de silla aparece Serrucho. Esto no reviste ninguna gravedad y hasta es un final sorpresivo para el villano. Lo que sucede es que cuando Granampa secuestra a Neurus y sus secuaces, y los lleva al submarino para juzgarlos por traición, Serrucho está ahí.
Como muchas otras veces se da en la televisión, el espectador se ve traicionado por los guionistas, que sin encontrar una solución vistosa, resuelven el nudo condenando el relato a la incoherencia.