Mar asesino

Me despierto en una localidad de la costa. Tengo una regresión a la infancia. Miro por la ventana para saber si el mar deja lugar para poner la sombrilla. Ahí nomás empieza una ceremonia. Que la malla, que el protector solar, las lonas, la sombrilla y los tejos. Justo cuando estoy cerrando la puerta me acuerdo de mi tabla para barrenar. No quiero salir sin ella.
Sigo todos los pasos de la secuencia. Llego a la playa, me quemo los pies con la arena y la hago volar con la parte trasera de la ojota, ganándome algunas miradas de desprecio. Como si fuera un conquistador americano, clavo la sombrilla y me instalo en una parcela. Un pequeño rectángulo de tres por cuatro. Estiro la lona anclándola con las ojotas y los tejos. Miro el mar y escucho su zumbido.
Ya dejé atrás mi parcela. Tengo los pies en el agua. Sostengo con el brazo mi tabla de barrenar. Resisto el frío mientras mi cuerpo se sumerge. La espuma de una hola me salpica hasta el ojo. Ya semicongelado supero la rompiente. Me subo a la tabla. Espero.
Parece que es esa. Sí, es esa. Siento como me elevo con el agua, remo con los brazos para que no se me escape. Hago demasiada fuerza y supero la cresta de la ola. Ahora me persigue. Es demasiado tarde.
La ola rompe justo en mi espalda. La tabla se hunde, y tanto ella como yo nos doblamos como un camarón.
Ahora el agua nos da vueltas. Nos marea y nos sacude. Nos duele la espalda.
Necesito respirar pero no sé a dónde está el piso.
Quiero un cuello ortopédico.