Licitación pendiente

Cuando Raúl, totalmente nuevo en esto de ser fantasma, se acordó de haber oído a su hermana decir que los espíritus que dejan cosas pendientes no pueden instalarse en el cielo, pensó enseguida en la licitación. No le preocupaba estar muerto, pero sentía que así de fallecido como estaba, no tenía sentido quedarse en la ciudad.
Se acordó de que la licitación estaba en su portafolio, el que llevaba cuando lo atropellaron. Así que volvió hasta la esquina, con mucho cuidado, intentando que nadie lo reconociera. No sabía bien por qué la gente podía verlo. Su ángel no le había explicado nada de la loción de invisibilidad.
Cuando llegó al lugar de la tragedia, se sintió incómodo. Ni su cuerpo ni sus cosas estaban. Cómo iba a adivinar él a qué hospital se lo habían llevado. Es bastante largo de contar. Digamos que Raúl averiguó el paradero de su portafolio gracias a los aportes de los demás fantasmas que estaban ahí donde lo atropellaron. Y no es que los vivos no fueran cordiales, pero no habían prestado demasiada atención. Sólo los fantasmas tenían tan poco que hacer como para divertirse siguiendo una ambulancia por la ciudad. Así fue que Raúl, durante el ocaso, encontró su portafolio esperando ser reclamado por familiares del occiso.
Lo tomó con las manos. No. No lo tomó nada.
Fue una gran desilusión para él darse cuenta de que los fantasmas no pueden agarrar las cosas, porque renuncian a ese privilegio para poder atravesar paredes.