Bañero incoherente

Por primera vez, Javier notaría que sus trasgresiones, a veces graves a veces inocentes, podían tener algún sentido científico. Entendió que sus trasgresiones podían servir para poner de manifiesto ciertas injusticias, pequeñas pero visibles, que existen en nuestra sociedad actual. Cualquiera podrá decir que esto no aporta nada al mundo, que esas injusticias microscópicas no hacen ningún mal al universo, pero Javier se las tomó en serio.
La primera vez que hizo uso de sus trasgresiones para volver evidente una injusticia fue en la pileta. Era verano y a Javier le gustaba nadar al sol en la pileta del club. Sabía que el reglamento del natatorio le exigía ducharse antes de meterse al agua, pero nunca lo hacía. Incluso hasta esquivaba la revisación médica, aprovechando el hecho de que el control que el club ejercía sobre los socios dejaba bastante que desear.
Pero un día se detuvo a descansar en un borde, después de salpicar a todo el mundo nadando mariposa. Miró a la derecha. Ahí nomás, a unos cinco metros de su andarivel, estaba el bañero sentado en su silla, a la sombra de su sombrilla, tomando un mate con bombilla. Javier sabía muy bien que el reglamento de la pileta no permitía cebarse ningún mate.
Así que al día siguiente se fue a nadar otra vez. Pero se llevó el termo, la yerba y el mate en la mochila. Nadó los mismos mil metros de siempre, cumpliendo con la misma rutina gimnástica. Salió de la pileta todo mojado y se buscó una reposera. Miró al bañero, estaba tomando mate. Sacó su termo, llenó de yerba su calabaza. La sacudió y colocó en su lugar la bombilla.
No había tomado ni dos mates cuando el bañero se puso de pie y empezó a acercarse. Javier ya se estaba riendo por dentro. Ahí estaba el bañero justo en frente de él. Levantó la mirada. No se puede tomar mate en la pileta, le dijo el infractor. Y Javier sonrió irónicamente, llenó de agua el mate de nuevo. Esto no es mate, es tereré, respondió.