Tachos de basura

Cualquier ciudad está llena de tachos de basura. Especialmente Buenos Aires. Esa que aún teniendo un cesto en cada esquina no puede evitar que sus transeúntes le arrojen los papelitos al suelo. Y los chicles. Los cigarrillos. Pero no es la infinita falta de educación de los porteños y bonaerenses lo que me ocupa. Me dispongo a explicar cómo la empresa que se encarga de la fabricación de los cestos consigue que sean todos iguales. Porque al principio no eran todos idénticos.
Lo que sucedió es que en un momento, el gobierno de la ciudad exigió a la fábrica normalizar los tachos. Aterrados con la posibilidad de perder semejante contrato, directores, accionistas y empleados de la fábrica buscaron desesperados una solución. La idea se le ocurrió al accionista mayoritario. Nunca antes se le había ocurrido una. Todos pensaron que estaba loco. Pero como a nadie se le ocurrió nada mejor, hicieron de cuenta que la idea era buena.
En secreto, la fábrica contrató a cinco arqueólogos de escasa ética y los mandó a Italia. En la ciudad de Florencia, estos sin vergüenzas, después de investigar un poco, profanaron la tumba de un tal Michelangelo di Lodovico Buonarroti Simoni. Según pude saber, un pintor y escultor famoso. Robaron un poco de talco de hueso, porque Buonarroti había fallecido en 1564.
Los de la fábrica, le entregaron ese talco de hueso a un equipo de biólogos que de legales no tenían nada. Y entonces, los científicos, después de conseguir recuperar un poco de ácido desoxirribonucleico, clonaron a Miguel Ángel y le hicieron treinta copias.
Así consiguió la empresa lo que nunca antes había logrado. Los treinta Buonarrotis trabajando en la planta, con sus herramientas medievales, a los golpes, fabrican desde entonces, todos los tachos de basura de Buenos Aires. Con tal maestría, que les salen todos iguales.