Nulo movimiento

Una mañana Buenos Aires amaneció con complicaciones. Miles de personas iban en busca de ese tren que viaja por debajo de la tierra. Algunos con cara de fastidio, otros con cara de otra vez no. Así reaccionaron cuando vieron que el subterráneo estaba cerrado. Pocas horas después, un hombre joven, flaco y pintón, tardó mucho más de lo que esperaba en llegar a trabajar. Un grupo de gente decidió protestar cortando la calle. En la estación de trenes todo fue una locura. Enojados con otra medida de fuerza gremial, los pasajeros que no podían viajar, quemaron todo. Rompieron vidrios. Nada de todo esto sorprendía a Buenos Aires. Pero aquel día, sin que nadie lo supiera, la paciencia argentina, esa que permite que resistamos toda desventura, se agotó. Entonces los automovilistas, autoconvocados, llenaron con sus coches todo el antiguo camino real, hasta Luján. Decían estar cansados de tanto piquete. La policía decidió hacer huelga. Los efectivos de infantería ya no quisieron ser golpeados por los pasajeros enojados de la estación de tren. Los colectiveros la hicieron fácil. Si el subte no anda, nosotros tampoco. A los políticos no se les ocurrió ninguna solución, así que se declararon en huelga para no tener que hacerse cargo de la situación. Y así fue como toda la ciudad se quedó quieta. Porque finalmente, hasta los periodistas dejaron de trabajar. Todo estaba demasiado quieto. Algunos dicen que la inercia va a ser un problema, que todo esto tenderá a quedarse quieto. Quizás la ciudad de Buenos Aires nunca vuelva a moverse.