El armado

armadoEn esa misma habitación pequeña en la que Andrés transformó de un soplido una caja de madera en un instrumento musical, el artista continúa su obra. Porque si bien desde aquel día en que el luthier quitó los restos de viruta de la caja el violín era un violín, le faltaban algunas partes. No era ningún problema para nadie que mirara de afuera, porque la forma de la caja era contundente. Pero para el pobre violín, que no podía conocerse más que a través de un infinito esfuerzo propioceptivo, era imposible sacar conclusiones acertadas sin estar completo.
Andrés lo miró con cariño, hecho que nos inclina a pensar que sabe perfectamente que ese violín está vivo. No tendría ningún sentido ser cariñoso con un trozo de madera, por más lindo que sea. Lo coloca en la mesa de trabajo y le acerca un poco de madera de ébano. Claro que este poco de madera tiene una forma muy particular. Difícil de describir. Podríamos decir que es algo cónico. Y negro. Aunque eso ya lo sabíamos por ser un pedazo de ébano.
El artista pegó la tastiera en el mango. Esa madera dura que asume el compromiso de colaborar con el instrumentista, permitiéndole aplastar las cuerdas para acortarlas, obligándolas a vibrar con mayores frecuencias. Aunque esto el violín no lo sabía. Ahora estaba más confundido que antes. Al principio le resultó algo incómodo tener ese pedazo de madera pegado literalmente al cuerpo, pero sabía que iba a acostumbrarse. En los días que siguieron, el violín siguió preguntándose quién o qué era, cada vez con más intriga y desesperación. No encontró ninguna respuesta sensata.