Relatividad especial II

El mismo joven de la otra vez camina por la calle. Podría ser cualquier calle, pero es una avenida, bastante ancha. Muy ruidosa. De esas tan ruidosas que te obligan a hablar a los gritos, si es que querés comunicarte con alguien. El joven camina rápido, casi corre. Aunque usar ese verbo daría una idea equivocada de lo que hace. Porque si bien camina muy rápido, lo hace con facilidad, sin esfuerzo. Lleva una mochila. Va algo desabrigado.
Un poco más adelante ve al viejo. Sí, al mismo viejo del supermercado. Camina con lentitud, al límite de sus posibilidades. Lleva en la mano una bolsa con las compras del día. El joven lo recuerda. Sigue caminando. En pocos segundos alcanzará al viejo. Porque aún moviéndose ambos en el mismo sentido, la diferencia entre las velocidades es importantísima.
Por un momento despreciamos el movimiento del viejo, lo dejamos quieto, instalando sobre él el centro de nuestro eje de coordenadas. Vemos como el joven está cada vez más cerca. La distancia se reduce primero, después desaparece. Aunque en seguida la vemos de vuelta al otro lado del viejo.
Volvemos a pensar en el tiempo. Recordamos la teoría especial de la relatividad. El intervalo temporal se dilata cuando aumenta la velocidad de un sistema inercial. Entonces nos salta a la vista una gran injusticia cósmica. Es el joven, por moverse más rápido, quien disfruta de segundos más largos, cuando es el viejo quien está más cerca de la muerte.