El pistón y la tortura

Vos tenés que subir y comprimir la mezcla, lo demás lo hace el combustible, le dijo el ingeniero al pistón del primer motor de combustión interna. Y entonces el pequeño prisma cilíndrico, con toda la ingenuidad del mundo, hizo lo que el profesional de la técnica le pedía. Claro que cuando terminó de comprimir la mezcla, una odiosa bujía la hizo explotar con una chispa. El pistón fue lanzado hacia abajo con una violencia exagerada. Cuando el ingeniero, muy conforme con el resultado del experimento, se acercó al pistón para felicitarlo, lo notó infinitamente molesto. Esto es una tortura, se quejó, no pienso hacerlo nunca más.
El ingeniero no lo podía creer. No había pensado en ningún momento que el pistón fuera a negarse a trabajar, no tenía otra cosa que hacer. Pero había dos problemas. Su trabajo era doloroso y las vueltas que tenía que dar le daban náuseas. Así que el ingeniero no tuvo más remedio que ponerse a negociar con el pistón. Lo que acordaron entre ambos es hasta hoy uno de los secretos industriales mejor guardados.
Pero ahora sabemos que ese primer pistón y todos los que vinieron después, sólo trabajaron en los motores de combustión interna después de recibir un durísimo entrenamiento militar. Que incluyó, además de una terapia para aguantar los sacudones sin vomitar, el típico programa de entrenamiento para agentes del servicio secreto británico, siendo preparados para soportar la tortura de las quemaduras que les provocaba el combustible durante toda la vida útil del motor.