En público

Después de que Javier robara merengue de aquella torta que estaba haciendo su madre, no pasó nada. No es que aquella mujer considerara que su hijo no había hecho nada terrible, porque ella más que nadie sabía toda la glucosa que sus músculos habían consumido para batir las claras de huevo. No se dio cuenta. Fue por esa fantástica propiedad que tiene el merengue de mostrarse indefinido en su forma. Faltaba un poco, pero no era para nada fácil descubrirlo.
Javier sufrió las consecuencias. Con su precisa lógica infantil creyó poder generalizar aquel suceso. Pensó que si su madre no había descubierto la sustracción del merengue, tampoco su abuelo podría saber cómo desaparecieron sus anteojos. Sintió una inmensa sensación de inmunidad. Claro que no tenía la menor idea de lo que significaba la palabra inmunidad.
Pensó en la escuela y le encontró sentido. A él le aburría mucho cualquier clase. No le gustaban los recreos. Pero cuando pensó en la posibilidad de que la escuela se volviera el lugar para desarrollar sus trasgresiones empezó a reírse solo. En un instante, se apilaron en su cerebro un sinnúmero de posibilidades.
A pesar de ser muy joven, entendió en seguida que todo lo que la gente esperaba que hiciera era una oportunidad de trasgredir. Si no hacía la tarea rompía las reglas, pero eso lo hacían muchos de sus compañeros. Él era un artista, así que decidió que sus trasgresiones no podían ser cosas demasiado comunes. Así fue como decidió hacer silencio. Era una idea realmente atrevida. No habló más en la escuela. No respondió ninguna pregunta. Cuando un día lo llamaron a dar una lección oral se paró en frente del aula y permaneció callado doce minutos. La maestra tuvo un ataque de pánico.