0KM

SemáforoEra un domingo perfecto. No hacía ni frío ni calor. Javier estaba aburrido y esta vez no tenía que ir al supermercado. Hacía poco se había dado cuenta de que sus trasgresiones, a veces inocentes pero por momentos bastante escandalosas, son lo único que le da sentido a su vida. No quiero decir que para Javier la vida sea nada más que una sucesión de actos incorrectos, pero hasta hace poco no se había detenido a pensar en la importancia que estos actos tienen a la hora de caracterizar su identidad. Porque sus trasgresiones lo definen. Javier tiene un trabajo común, es una persona común, come comida común. Lo que lo distingue es esa necesidad permanente de romper las reglas y sus ocurrentes maneras de hacerlo.
No era un domingo tan perfecto. Faltaba trasgredir. Por primera vez, Javier pensó en esta necesidad irrenunciable que tenía. Fue consciente de que para poder dormir tranquilo cuando el día terminara tenía que hacer de las suyas. Entonces salió de su casa y caminó hacia la avenida. Se disfrazó de persona normal que está por comprar un auto y entró a un concesionario. Preguntó por un auto familiar. Que qué precio tenía, que si tenía levanta vidrios automático. Quiso salir a dar una vuelta.
El empleado, muy acostumbrado a salir a pasear en autos en venta con posibles compradores normales, en seguida le dio a Javier una llave. El trasgresor se mostró muy sensato al principio, acomodando todos los espejos, revisando las luces, saliendo a la calle con gran lentitud. Pero en seguida aceleró. Violó la velocidad máxima con tanta contundencia, que el vendedor no le dijo nada. Pasó dos semáforos en rojo, dobló a la izquierda donde no se podía y finalmente giró 180 grados en el medio de la avenida.
Javier durmió en la comisaría, pero con la seguridad de seguir siendo el mismo de siempre.