Pasteurización

Una brisa de esas que sólo puede acariciarnos la cara en primavera. Es 20 de abril. Estamos en el hemisferio norte, de otra forma sería imposible lo de la brisa en primavera. Miramos por la ventana y disfrutamos el paisaje de algún lugar de Francia. El silencio es perfecto. Cada tanto es interrumpido por el sonido de un pequeño recipiente de vidrio, en un contrapunto maravilloso.
Dejamos la ventana. Entonces vemos a ese hombre. Con un traje elegante y una barba cana. De pie frente a un escritorio que sostiene una gran cantidad de recipientes transparentes. A su lado está el otro. Están esperando algo. Mirando con paciencia y ansiedad un termómetro. Parecen estar midiendo la temperatura de una caja, o lo que la caja contiene. No hay mucho con que divertirse.
Aburridos como estamos nos acercamos al dúo de varones. Cuando el termómetro marca cuarenta y cuatro grados, los dos se apuran a sumergir la caja. Por alguna razón quieren enfriarla velozmente. La vuelven a depositar en la mesa, pero ahora lejos del mechero. La abren. Sacan una muestra del contenido. El de la barba cana prepara el microscopio. Se agacha y mira a través del pequeño ocular. Pasan segundos, minutos enteros. Finalmente levanta la cabeza y busca la mirada de su compañero. Sonríe.
Parece que el experimento fue exitoso. Luis Pasteur sabe que con este descubrimiento la industria logrará que el vino y la cerveza llegue a su destino antes de pudrirse, aunque todavía no sabe cuán útil le será a la humanidad ni que todos llamaremos a este proceso con su nombre. Es que todavía estamos en 1864.