Río de las conchas

PuenteEl sol estaba todavía muy cerca del suelo, pero del otro lado. Así que la luz era tenue. El río viajaba aguas abajo sin mucho apuro, pero con una tenacidad de esas que sólo los ríos pueden tener. De a poco, las estrellas iban apagándose, abandonando ese cielo que se ponía cada vez más celeste. Podía oírse el quejido del puente, que mientras el agua le enfriaba las piernas emitía unos sordos sonidos de madera.
El general Lavalle ve a las tropas de Rosas y Estanislao López. Son muchos. Lavalle se acaricia la barba y por un momento, se distrae con los gastados colores de su uniforme. Ahí hay más de cuatro mil hombres. Los federales han aumentado su tropa con tres mil indios. El general unitario, recorre con la vista su ejército. Redondea en mil el número, porque pensar en que no llegan a la cuarta cifra lo incomoda.
Ya es demasiado tarde para retirarse. Comienza la batalla. Y si bien existen antecedentes incomprensibles en la historia de la guerra, de esos que uno no puede entender como no terminaron al revés, la cosa está muy difícil para Lavalle. Porque la proporción de siete contra uno es aterradora. Sobre todo porque aún no se inventaron las ametralladoras.
Ya pasaron unas horas. Deben ser como las diez de la mañana y los indios que vienen con Rosas han conseguido espantar a todos los caballos de repuesto. La caballería debe seguir con los equinos cada vez más cansados. Les pasan por encima.
Ya no tiene sentido quedarse a morir a orillas del Río de las Conchas. La batalla está perdida. El general Lavalle, con los hombres que le quedan, da la vuelta y se retira. Todos cruzan el puente y cuando están del otro lado, lo destruyen. Mientras se escapan, muy lejos de Buenos Aires, Eugene Delacroix deja el cuadro que está pintando para soplar las velitas de la torta. Acaba de cumplir treinta y un años.