Error de calle

Disculpame, ¿la calle Lavalle?
Un par de cuadras hacia allá.
Eso respondió el muchacho, señalando con el dedo un edificio bastante nuevo. Y la chica, muy apurada, le hizo caso. Pero eso fue hace una semana. Ahora ella está acá, en el mismo lugar en que hizo aquella pregunta, esperando ver aparecer al muchacho de nuevo. No tenía pruebas para demostrarlo, pero intuía que la razón por la que se lo había encontrado aquí era rutinaria. Producto de una actividad que el muchacho realizaba semanalmente.
La chica dedicó todos los días de la última semana a imaginarse posibles situaciones para este próximo encuentro, del que estaba segura aún cuando existe la posibilidad de que no se produzca nunca. Pensó en todos los detalles. Consideró hablarle, comunicarse con gestos, en sorprenderlo por la espalda.
Ella sigue acá, abrigada. El invierno está invadiendo la ciudad de a poco. Hace algo de frío. No tanto como para tener semejante campera, aunque quizás sufra mucho las bajas temperaturas. Vuelve a pensar en el muchacho. En ese encuentro fortuito de siete días atrás. Recuerda en detalle todo lo que siguió a su brevísimo cruce de palabras. Como corrió hacia una calle que estaba en cualquier otra parte. Como nunca llegó a su entrevista de trabajo.
Ahí está el muchacho, camina con paso seguro, igual que la última vez. Pasa muy cerca de la chica pero no la reconoce. Ella empieza a seguirlo, se le acerca. Le grita alguna palabra ensordecedora. El muchacho, confundido, da media vuelta. Ella lo mira a los ojos y lo empuja con fuerza. Él cae al suelo.
La mira, recuerda. Finalmente la reconoce. Puede ver como ella se abre la campera. Saca un revolver. Ella se da cuenta de que no siguió ninguna de las posibilidades que había imaginado, que más bien había combinado todas.
El disparo se multiplicó contra las paredes de los edificios.
Eco de la muerte.