El paseo

Juan Pablo se dispone a recorrer la plaza. Lo va a hacer en un vehículo abierto. Claro que podría caminar, pero no es tan fácil para él. Una de las cosas que le pasa a uno cuando es Juan Pablo II es que no puede caminar tranquilo por la plaza de San Pedro. Hay mucha gente, le llevaría horas. Es de los pocos que no están de visita en el lugar, vive ahí. Conoce de memoria ese círculo que dibujan los edificios del Vaticano.
Juan Pablo comienza a recorrer la plaza, llena de gente. Tanta que no tiene sentido ponerse a contarla. Todos intentan acercarse al vehículo, quieren estar cerca del representante que dios tiene en nuestro planeta. La guardia del Vaticano vigila, custodia a Juan Pablo. Son profesionales, pero eso no les alcanza para saber que en algún lugar de la plaza está Mehmet Ali Ağca.
El turco, para no tener problemas pronunciatorios, está preparando su rifle. Y no es ningún cazador furtivo, vino hasta el Vaticano para matar a Juan Pablo. Se ve que no es cristiano. No sé muy bien a dónde se está escondiendo, pero acabo de oír el ruido del arma. Ya está cargada.
Juan Pablo levanta los brazos. Saluda a miles de fieles con sólo sacudir su mano. Todos escuchan un trueno. Pero no hay nubes. El turco ya hizo su disparo. Juan Pablo, herido, se cae en el vehículo.
Igual podemos quedarnos tranquilos. Dios no va a permitir que Juan Pablo muera. El turco no alcanzará a escaparse. Dentro de unos años, su víctima va a hacerle una visita en la cárcel. Incluso va a perdonarlo. Pero todavía es 13 de mayo de 1981.