Cabeza perdida

guillotinaPelletier algo malo hizo. Pero ahora, cuando está a punto de ser ejecutado, se pregunta si lo que hizo es tan grave como para que lo condenen a abandonar este mundo. Por primera vez entiende cuan morboso es que esté lleno de gente. La multitud que viene a ver el espectáculo de la muerte dirá que en realidad participa de la ejecución para ser testigo de la justicia, pero todos sabemos que les gusta mucho la sangre. Pelletier muchas veces participó de las ejecuciones. Todas le gustaron, menos esta.
Él no sabe que desde hoy, 27 de mayo de 1792, será recordado por siempre. Su nombre será escrito en tratados de historia y en enciclopedias. Incluso, dentro de muchos años, se lo recordará en distintos sitios de internet. Pero antes tiene que existir internet.
Ahora seguimos estando en el siglo décimo octavo. Pelletier ya se agachó y acomodó su cabeza en el moderno aparato de la cuchilla asesina. El señor Schmidt tiene miedo. No por el bandido. Teme que la máquina falle. Siempre se dedicó a la fabricación de clavicordios y no está muy seguro del éxito de la guillotina, su nuevo instrumento musical. Por suerte el señor Sanson, famoso verdugo de París, colaboró con todo su conocimiento.
No duró nada. Un ruido seco fue suficiente. Alguien tiene que ir a recoger la cabeza de Pelletier. Desde hoy no se distinguirá entre condenados plebeyos y reales. Todos serán ejecutados con este artilugio infinitamente efectivo. Claro que, cuando la humanidad evolucione, alguien se dará cuenta de que no es la mejor forma de matar. La sangre mancha mucho. Se usará por última vez en 1977 para matar a un inmigrante tunecino.