El afilador

El hombre está en su casa. Vive en un departamento en el segundo piso. El edificio es pequeño, está ubicado en un barrio tranquilo. Como pasa con todos los barrios tranquilos, este también se quedó en el tiempo. Me refiero a que todavía pasan cosas del pasado. Los domingos a la mañana pasa un tipo en bicicleta vendiendo churros a los gritos. También pasa a veces el botellero anunciando que compra cualquier cosa. Hasta un verdulero, que viene motorizado, anuncia su presencia con música popular.
Hoy es el turno del afilador. Vino con su bicicleta, esa que se transforma en máquina de sacar filo. Está dale que te dale con su silbatito. Una especie de instrumento andino de plástico con el que no para de dibujar en el aire escalas bidireccionales.
El hombre hoy quería dormir. Ayer trabajó hasta tarde. Para él, cada escala que el afilador toca en su silbatito es una razón para odiarlo. Cuando se pone de pie nos sentimos incómodos. Va a la cocina a buscar un cuchillo. Es grande y da miedo. Quizás le falta filo.
El asesino se asoma al balcón y mira al afilador. No se bajó de la bicicleta, pero aún está ahí. Tengo un cuchillo para usted, le dice el hombre desde el balcón. El afilador se puso contento, aunque no esperaba que el cuchillo terminara clavado en su hombro. El asesino le había asestado una estocada mortal.
El asesino terminó en la cárcel. Nadie le creyó que no había tenido ninguna intención. Yo sólo le tiré el cuchillo para que me lo afile, habría declarado.