Que cedan el asiento

Ahí va una viejecita. Parece haber sido bastante alta, pero ahora está muy encorvada. Tanto que casi parece que da una vuelta. Camina muy lentamente. Es en serio. Tengo que hacer tiempo mientras escribo para saber a dónde va. Se está por meter en el subterráneo. No sabemos hace cuanto tiempo le escapa a las escaleras. Hoy la vemos usar el ascensor.
Esta viejecita tiene algo raro. Está encorvada y camina en cámara lenta pero ha mostrado una gran habilidad en los brazos cuando llamó al ascensor. También cuando pasó por el molinete. Quizás tome un buen remedio para la artrosis. El mundo parece dar vueltas completas mientras ella sólo consigue bajar al andén.
Es la hora pico. El tren está casi lleno de gente. Muchos hombres y mujeres esperan de pie que el tren cante con su sirena el inicio del viaje. La viejecita avanza hacia la puerta que más cerca tiene, en un heroico intento por llegar al tren antes de que las puertas le nieguen esa posibilidad. Casi no llega. Se lo permitió el guarda, que apiadándose de ella atrasó la partida de la formación unos segundos.
Ya está adentro del vagón. La sirena aturdió a los pasajeros y las puertas se cerraron. La viejecita pone cara de cansancio. Vuelvo a pensar que esta señora tiene algo raro. No pasa mucho tiempo antes de que un pasajero, más cansado que ella, decida cederle su asiento. Ahora la viejecita se acerca a la silla. Da lentamente la vuelta. Se sienta. Justo en ese momento se ríe con una carcajada masculina. Se endereza. Se saca la peluca.
El hombre que se escondía en la viejecita no es otro que Javier. Ahora sabemos que el trasgresor va a viajar sentado.