La vibración

El tiempo pasa hasta para los violines. Violines como los que construye Andrés. Luthier que en este mismo momento tiene a este violín, no a cualquier otro, en sus manos y listo para que suene. Largas semanas transcurrieron mientras era armado, mientras se secaba cada capa de barniz al aceite. Es sabido que el barniz al alcohol seca mucho más rápido, pero a Andrés le gusta que su obra crezca de a poco.
Ahora lo vemos, ya listo. Ostentando además de esa tastiera negra siempre tan cautivadora, un bonito cordal de palisandro que hace juego con las clavijas. Pero no nos damos cuenta de que está terminado por las clavijas. Es porque ya tiene el puente y las cuerdas puestas.
Andrés empieza a afinar las cuerdas y el violín se siente un poco incómodo. De repente es sometido a fuertes y extrañas tensiones. Siente cosquillas y hasta algunos dolores. Teme por su vida. Sospecha que quizás la tensión pueda quebrarlo. Se consuela sabiendo que tiene alma.
Cuando la relación interválica es correcta y la primera cuerda suena como un mi y la segunda como un la, la tercera como un re y la cuarta como un sol, Andrés mira su obra terminada con curiosidad. Es que si bien él mismo ha realizado cada una de sus partes, no puede imaginarse como va a sonar.
El sonido es atroz, todo el barrio se asusta. El violín siente ganas de suicidarse. Sáquenme el alma así me parto al medio, quiere gritar. Por lo que suena casi podría asegurarse que no se trata de un instrumento musical. Pero podemos quedarnos tranquilos. No todo Luthier es violinista.
Cuando al día siguiente, por la tarde, Daniela vaya de visita al taller de Andrés, se escucharán otras cosas. Ella no puede tallar una tapa, pero sabe tocar. Entonces, acomodará el violín bajo su mentón y pedirá un arco prestado. Resonará el primer pasaje del concierto de Bruch.