La realidad y el aplauso

A veces, si tengo alguna razón para hacerlo, voy a un concierto. Para los que no suelen ir, un concierto es un evento durante el cual, alguien o álguienes tocan algo de música. Este tipo de eventos puede ocurrir en lugares diversos, desde teatros a iglesias, desde parques a cruceros.
Esta vez fue en una iglesia. Una orquesta tocó. El católico edificio le hizo eco. No dejo que ningún sonido sucediera de forma independiente. Todos, hasta los más breves, fueron condenados a chocarse contra sí mismos mientras rebotaban en las paredes.
Al terminar el concierto reflexioné. No. No acerca de la reververancia, eso me tiene sin cuidado. El aplauso del público despertó mi interés. Es que a esta altura estoy convencido de que existe una sociedad secreta que se dedica específicamente a incitar el aplauso antes de que la música termine. Haciendo que cualquier obra musical sufra un final paradójicamente inconcluso.
Acaso tan importante es para el público hacer saber que se da cuenta de que la obra está a punto de terminar. Tan grande es la necesidad de adelantarse a la conclusión predecible pero necesaria de la música. Quizás el público se sentiría alagado si hubiera otro público que los contemplara contemplando y los aplaudiera por darse cuenta con tanta facilidad cuándo termina la música.
No es algo que me guste. La música, para terminar, necesita perderse de nuevo en el silencio. Sin embargo no puedo evitar reconocer que el aplauso es muy necesario. Ese ruido de palmas, el mismo que destruye la obra musical justo antes de que termine, es el que asegura que la realidad continúe. Porque esa debe ser la verdadera función del aplauso, destruir la fantasía efímera de la música, para que el mundo siga su curso.