Paso a nivel

Ahora Javier maneja. No es que antes no lo haya hecho. Está manejando justo en este momento. Va en auto. Uno que alguien por hacerse el amable le ha prestado, alguien que muy probablemente se quede sin su coche. Hoy parece estar tranquilo, pero no tenemos que dejar que nos engañe. Siempre se las arregla para hacer de las suyas.
Ahora Javier está por doblar en la esquina. A la derecha, cosa permitida. Hay un extraño sujeto cruzando. Lo deja pasar. Por ahora viene respetando la ley de tránsito. Pero quizás no sea lo mejor. Cumplir las normas provoca en él una especie de acumulación que finalmente lo obliga a cometer una trasgresión peor.
Ahora Javier ve el semáforo más cercano. Está rojo pero no para. Empieza a rodar la última versión de su espíritu trasgresor. Acelera por encima de la velocidad permitida, cosa que suele hacer con frecuencia. Justo en este momento nota un pozo en la calzada. Le apunta y siente como el auto se sacude con violencia. Se oye un ruido preocupante. De esos que sólo pueden ser quejidos de amortiguadores.
Esto no me gusta nada. Estoy escuchando esas campanas inconfundibles. Javier está llegando a un paso a nivel y la barrera ya terminó de bajar. Espero que este loco pueda contener su inercia rebelde. No para. Está loco. Bocina.
El tren pasó de largo. Convirtió el coche con el choque. Lo transformó en chatarra. Pudo frenar a unos cincuenta metros del lugar del impacto, con un maquinista aterrado que ya se sentía asesino. Pero Javier bajó del auto por uno de los agujeros que tenía y se sacudió la tierra. Miró el tren con cara de contento. Miró el auto, más contento todavía. No podía dejar de imaginarse la cara del dueño del vehículo.