Siempre ocupado

Era una casa como cualquier casa, eso se suponía. La habitaba una familia como cualquier familia, eso se pensaba. Los vecinos empezaron a notar algo raro. Nunca conseguían conocerles la cara a los habitantes de la casa violeta. Y no porque no fueran atentos. A cualquiera le hubiera pasado lo mismo. Todos los días salía gente de ahí. Cada vez más gente. Se habían mudado una pareja y dos hijos. Pero un vecino aseguraba haber contado veinticuatro personas espiando el jardín.
La sala era grande, pero la gente que había la hacía parecer diminuta. Hubo primero una mesa de living modesta vistiendo el centro de aquella habitación, pero los dueños de casa debieron cambiarla por una más grande. Es que la familia había crecido mucho. Y esto no tendría ningún misterio si el crecimiento demográfico de la población de la casa se hubiera dado con una frecuencia de un nuevo individuo cada nueve meses. Pero llevaban sólo tres semanas viviendo ahí y pasaron de cuatro a veinte. Aunque me parece que son más. Incluso ahora sale otro del baño.
A simple vista se descubría en la casa un grupo de personas desesperado por encontrar la manera de resolver esos problemas de logística que tiene cualquier casa. La limpieza, con tanta gente, era lo más fácil. Pero las compras no se terminaban nunca. Ni hablar de la organización requerida para comer. Porque no contaban con la infraestructura apropiada como para cocinar para tanta gente, ni vajilla suficiente. Otra vez sale uno del baño.
Ese baño está siempre ocupado. Siempre. Sale gente de ahí, más de la que entra. Esto no tiene ningún sentido. Pero no por carecer de sentido, deja de ser cierto.