Sin ayuno

Hace apenas un minuto Javier salió de su casa. Ha desayunado de una manera llamativamente exagerada. Tan exagerada que hasta podríamos situar su desayuno en un contexto distinto, en esos países en los que la gente apenas se levanta come huevos revueltos. La cantidad de pan con manteca y azúcar que ha comido Javier es sorprendente. Un café con leche y alguna medialuna también. Realmente no se entiende cómo es que puede mantenerse en pie.

Cualquier persona normal podría desayunar así si no fuera a almorzar, pero Javier lo hizo por alguna razón, que aún desconocemos. Hace apenas un instante se bajó del colectivo. Ahora está por atravesar la puerta de un instituto de diagnóstico médico. Empezamos a imaginarnos qué está por hacer. Si fuera un tipo sensato, se sacaría una radiografía o se sometería a una resonancia magnética. Pero Javier se acerca al mostrador de análisis clínicos.

Para este estudio, explica la señorita que lo atiende, necesita doce horas de ayuno. Javier sonríe y asiente. Miente descaradamente. Espera su turno y cuando lo llaman, presta alguna de las venas de su brazo para la extracción. Sale impaciente. No puede esperar a ver los resultados.

En tres o cuatro días, Javier habría pasado a buscar los resultados. Pero dieron tan pero tan mal, que una ambulancia se estacionó en la puerta de su casa. Se bajaron dos enfermeros y sin explicarle nada, se lo llevaron a una clínica. Pasó de largo por más de una puerta. Ahora está aquí en el quirófano, ya anestesiado. Podemos ver cómo el cirujano coloca un stent.