La desaparición

A Juan desde chiquito le había gustado la magia. Mucho. Soñaba con atravesar mujeres con espadas y cortarlas por la mitad. Por suerte, con el tiempo se tranquilizó y ya no quiso matar a nadie. Estudió primero magia con naipes. Que una reina se da vuelta cara arriba, que un cuatro desaparece, que un rey viaja al bolsillo misteriosamente.

Pero hace unos meses que Juan siente que no es suficiente. Quiere cambiar de especialidad. No más close up. Ahora piensa dedicarse a las grandes ilusiones. Claro que no es fácil hacer desaparecer un vagón de tren o una estatua gigante. No por la magia. Difícil es que te den permiso.

Juan sabe que para saltar a la fama tiene que llamar la atención. Tiene que hacer algo que obligue a la prensa internacional a mirar hacia Buenos Aires. Se prepara. Dentro de dos minutos, va a hacer desaparecer un semáforo. Y por lo que me comentó, lo hará sin taparlo con telas. No va a usar esos tristes trucos de cámara. Así que yo me pongo cerca para verlo bien.

La ciudad está en pleno movimiento. La avenida anchísima siente como fluyen sobre ella, miles de autos, camiones, colectivos, motos, bicicletas, monopatines, patinetas, zapatillas. Siento una curiosidad preocupante. Esto puede ser peligroso.

Juan grita a través de un megáfono. Nadie lo escucha. Anuncia su gran acto mágico. Nadie lo entiende. No se da por aludido. Sigue. La ciudad está a punto de ser testigo de la magia. Existe. Mirá como Juan hace un gesto ridículo. El semáforo desaparece.

Doce muertos. Treinta y cinco heridos. Eso es lo que queda después de la magia. Sin semáforo, miles de autos, colectivos, camiones y lanchas chocan unos contra otros. Nadie pudo explicar lo de las lanchas. A Juan se lo llevan preso. Es que no respetan las distancias de frenado, se queja.