El detective

Ya no vivimos en épocas de estereotipos. Así que Tomás, uno de los mejores detectives de la historia de la literatura, no tiene una lupa ni usa lentes. No tiene puesto un sobretodo y hasta viaja en bicicleta de un lugar a otro. Sí se parece a aquellos hombres que hacían lo que el hace en los libros de cuentos policiales de hace años en una cosa, hace uso del famoso método deductivo.

La policía científica no lo llama porque sea un tipo amigable. No le tienen ningún tipo de afecto. Pero hay razones presupuestarias para contar con su colaboración. Cualquier peritaje es caro en comparación al uso gratuito de su cerebro. Y en el tercer mundo, nunca sobra el dinero, así que hay que aprovecharlo.

El cadáver está en el suelo. Pero no muy cómodo. Es que antes de quedarse duro, murió en una posición de yoga, de esas que son bien difíciles. La policía todavía no lo movió. Esperan que Tomás observe todos los detalles antes de enderezarlo en una camilla.

El detective está muy extrañado. Es que el cadáver presenta dos heridas de bala en el pecho. Pero no de las normales. Toda herida de bala tiene un orificio de entrada y puede tener uno de salida, si el proyectil no queda alojado en el cuerpo de la víctima. Pero este muerto tiene dos orificios de salida.

La policía está muy desconcertada. Pero Tomás está tranquilo, terminando de deducir el escenario previo a la muerte del sujeto cuyo nombre no pronunciaremos aquí, porque no se lo puse. El detective ya está sonriendo. Ya sabe lo que pasó. Es claro, explica, alguien disparó al aire y teletransportó las balas adentro del cuerpo de la víctima. No hacen falta las pericias. El asesino es Julián Mesonti.

El problema con Tomás, es que es tan pero tan inteligente, que sus deducciones trascienden este relato. Así que la policía, por ahora, no puede hacer nada. Es que Julián Mesonti no existe. Todavía no lo escribí.