Muerte y refrán

Él había decidido dedicarse al homicidio serial. Había soñado desde chiquito con eso. Quería matar mucha gente, pero respetando algún tipo de criterio. Le resultó muy difícil decidirse por uno. Es que quería que fuera original y ya habían existido otros muchos asesinos seriales. Descuartizar a sus víctimas no era algo para nada nuevo. Ahorcarlas estaba gastado.

Tanto tardó en encontrar sus propios criterios homicidas, que tuvo que trabajar unos años en una fábrica antes de dedicarse a su verdadera vocación. Creía que en nuestros días, el hilo conductor de sus asesinatos debía ser conceptual. No porque el fuera fanático del pensamiento abstracto, sino porque el arte ya había instaurado esta idea en el siglo anterior.

Una tarde, mientras volvió a su casa, se le ocurrió basar sus asesinatos en dichos populares. El homicidio de cada una de sus víctimas tenía que inspirarse en un refrán. Estuvo días diseñando el plan de su debut criminal. No eligió a la víctima con demasiado detalle. Se concentró sobre todo en el método y la fundamentación del homicidio.

Preparó con paciencia una pequeña escultura, de unos 30 centímetros de altura. La puso en una caja y la dejó en la puerta de una casa. La casa de un diputado. Pensó en empezar matando políticos porque no le parecía bien quitarle al mundo otras personas mucho más útiles.

El legislador de la nación se sorprendió. No consideró la posibilidad de que aquella caja presentara riesgo alguno. La apoyó en su escritorio y la abrió. Observó la escultura con curiosidad. Era un caballo, probablemente árabe, muy elegante. Estaba parado en las dos patas traseras y abría la boca como relinchando.

Algo llamó la atención del político. El caballo tenía un diente roto. Acercó su cara a la escultura y apenas toco sus dientes, un dardo envenenado salió de la nada y se le clavó en el ojo izquierdo. El diputado gritó fuerte. En pocos minutos estaba muerto.

Así debía ser. A caballo regalado, no se le miran los dientes.