Ciudad y viento

A veces la naturaleza decide dejar claro quién tiene el control sobre la historia. De golpe llueve y soplan vientos de exagerada velocidad y todo eso que el hombre hace creyendo fuerte, como las torres de hormigón que sostienen cables de alta tensión y los techos de las estaciones de servicio, parecen papelitos. Se retuercen, se quiebran, provocan destrozos. Y nos quedamos sin luz.

Mientras dormía se me ocurrió algo. Y esto quizás vaya en contra de la hipótesis del desaprendizaje de Crick. Con los actuales conocimientos cuánticos podríamos solucionar problemas como la lluvia y el viento. No tenemos dudas de que la lluvia es agua que cae del cielo. Sabemos que el viento es aire en movimiento. Aire que está hecho de átomos de distintos gases.

Propongo que los habitantes de Buenos Aires enviemos una carta a los hombres que controlan el gran colisionador de hadrones. Tenemos que convencerlos de que retrasen la búsqueda del bosón de Higgs y se pongan a fabricar antimateria. Más precisamente antiagua y antiaire.

Si nos enviaran una buena porción de estos elementos antes del próximo temporal, podríamos simplemente arrojar una cucharita de estas anticosas por la ciudad y los problemas ocasionados por el viento y la lluvia desaparecerían. Mi evaluación preliminar estima, con suma imprecisión, que de poner en acción este plan cuántico, los átomos del viento y la lluvia se desvanecerían antes de retorcer techos de chapa. Claro que no podría evitarse que como subproducto de esta reacción física se produzca una radiación desmedida capaz de ocasionar algunos problemas colaterales, como la muerte o mutaciones genéticas impredecibles.