Nuez mortal

El asesino de los refranes se sentía incomprendido. Creía que la policía estaba restando importancia a los escenarios que había preparado en sus dos anteriores homicidios. Y tenía bastante razón. En el caso del político muerto por un dardo envenenado, disparado por una escultura de un caballo con los dientes rotos, la policía no había comprendido el dicho popular subyacente al crimen. Aún cuando en su segunda víctima, el asesino serial había dejado una nota en la nariz de la víctima con el refrán que había inspirado el homicidio, la policía lo tomó como una broma. Así que, este frustrado artista de la muerte, se vio obligado a proceder de una manera mucho más obvia.

Eligió a su víctima con cuidado. No necesitaba que se dedicara a nada en especial, sólo que fuera adicto a las nueces. Recordó en seguida que tenía un primo que cumplía esta condición. Lo descartó por dos razones. El afecto que le tenía y los lazos familiares que podrían vincularlo con el futuro delito.

Finalmente encontró a alguien. Lo ubicó en un comercio que vendía nueces. Lo supo inmediatamente, el cliente había comprado más de un kilogramo de la fruta seca. Lo siguió para saber a dónde estaba su casa y descubrió que el hombre hacía todo un ritual con las nueces. Las ponía en un pequeño platito y las ingería mientras escuchaba música clásica sentado en su escritorio.

Al otro día, el asesino esperó que la víctima saliera de su casa y se las arregló para entrar a la casa. Había pasado los últimos meses estudiando cerrajería. Así fue hasta el escritorio y preparó todo.

Ya era de noche cuando el hombre de las nueces entró a su casa. Fue hasta el escritorio y le sorprendió que hubiera unas pocas nueces ya dispuestas sobre él. No sospechó nada. Se sentó y se metió la primera fruta seca envenenada en la boca. Prendió el equipo de audio y se sobresaltó. Por los parlantes, no salía ninguna sinfonía de Beethoven. Sonaba una obra terrible, ruidosa y estridente. Muy probablemente música contemporánea.

Cuando a la mañana siguiente la policía entró a ver por qué hacía tanto tiempo que sonaba esa música en la casa, encontró al hombre muerto en su silla, mucho ruido y pocas nueces. Pero hasta que llamaron a Tomás, el mejor detective de la historia de la literatura, no entendieron nada. El detective comprendió en seguida. Es claro, dijo, mucho ruido y pocas nueces. Estamos ante un asesino que basa sus crímenes en dichos populares. Ahora hay que buscar otras víctimas.