Estornudo coordinado

En los últimos días, la ciudad de Buenos Aires ha sufrido un estado de nubosidad permanente. Es fácil entender que esto, sobre todo en época invernal, trae consigo problemas de gravedad. Quizás uno pueda acostumbrarse al mal humor de la gente, causado por esa ley natural intrínseca, que aún sin estar redactada en código alguno sigue siendo incuestionable: nadie tiene ganas de levantarse de la cama si el día está feo. Pero la crisis de ropa que producen la nubosidad y las amenazas de lluvia constantes es la peor de las torturas urbanas.

Nada impide que laves la ropa, ya sé. Pero no se seca. Uno la puede dejar colgada, pero si no seca, no te la podés poner. Cualquier guardarropa tolera unos dos o tres días sin lavar, pero no una semana. Uno tiene que empezar a vestirse todos los días igual, y a veces, no queda bien. Parece no tener sentido que nosotros, que tenemos en nuestras manos celulares inteligentes y podemos dar la vuelta al mundo en cuarenta y ocho horas, todavía no podamos correr las nubes de lugar.

En otro de mis momentos de genialidad, creo haber concebido la forma de despejar el cielo en casos como este. No es una idea de fácil aplicación, requiere de un gran esfuerzo de coordinación masiva. Se trata de hacer un aprovechamiento racional del estornudo. Todos nosotros, sin distinción de razas, edades o colores, estornudamos. Despedimos un poco de aire desde adentro a una velocidad cercana a los ciento sesenta kilómetros por hora. Lo único que tenemos que hacer es mirar todos para el mismo lado y estornudar al mismo tiempo.

Ahora bien, pueden pasar tres cosas, todas ellas dependen del ángulo de proyección del estornudo masivo en la atmósfera. En caso de que pudiéramos estornudar hacia arriba, cosa anatómicamente difícil, tal vez podríamos subir las nubes una distancia suficiente como para que la diferencia de presión del aire que las rodea las obligue a precipitar. Si lanzáramos un estornudo oblicuo, sin duda habría una pérdida de energía enorme. Pero si lográramos estornudar todos juntos en dirección paralela al suelo, la masa de aire por debajo de la nube alcanzaría una velocidad mayor que aquella que está por encima. Es fácil, basándonos en el principio de Bernoulli, saber que sucedería después. La nube sufriría un empuje vertical descendente y cuando alcanzara el suelo, podríamos empujarla por nuestros propios medios.