Culpa y cargo

La última trasgresión de Javier había sido terrible. Recordarán ustedes que lanzó un cohete contra un colectivo que no paró para dejarlo subir, asesinando al chofer y a once pasajeros inocentes, sumándose a las víctimas fatales un señor y un perro que caminaban muy lejos de la explosión pero fueron alcanzados por los pedazos del vehículo que volaron por el aire.

En el mundo real no pasan estas cosas. Ningún loco como Javier hace explotar un colectivo por tan poca cosa. Pero en el universo de la ficción, ese que se construye con letras y sintaxis, en el que no es necesaria la interacción de otras partículas elementales más que las letras, el sistema judicial es tan absurdo como sus delincuentes.

El tribunal oral de jurisdicción federal encargado de juzgar delitos absurdos, consideró que Javier tenía razones para destrozar aquel colectivo y que no tuvo intención de asesinar más que a su chofer, resultando la muerte de los otros trece seres vivientes, incluido el perro, un daño colateral.

Al dar su veredicto, dicho tribunal consideró de manera unánime, que era necesario aprovechar socialmente la ilimitada necesidad de romper las reglas de Javier permitiendo que su intolerable manera de proceder fuera funcional al control del cumplimiento de la ley.

Se lo declaró culpable de homicidio en primer grado agravado por el uso de misiles, de homicidio no intencional accidental de doce personas y un perro, portación ilegal de armas de películas de guerra y uso de un peinado ilegal. Se lo condenó asignándole un cargo en el control de tránsito de la ciudad y se le asignó la función, inicialmente, de controlar vehículos mal estacionados. Se le permitió proceder según sus métodos.

Ahí está Javier, si no tienen miopía lo pueden ver. Camina sereno por la vereda de una avenida. Se acerca a un auto estacionado ahí. Es lunes y ese auto no tendría que estar ahí. Acerquémonos. Ahora lo vemos mejor. Javier se sube a una escalera que aparece de repente. Está quitando un cartel de un poste. Prohibido estacionar días hábiles de siete a veintiuna, dice el cartel. Lo tiene en la mano. Se acerca al auto mal estacionado. El ruido es estridente. Javier tiene bastante fuerza. Ahora, cuando el dueño del auto vuelva, verá que el techo de su vehículo fue atravesado con un cartel. Nunca volverá a estacionar en un lugar no permitido.