Injusticia colectiva

Una de las más grandes injusticias de esta vida, sin exagerar, es la forma en la que se distribuyen los asientos del transporte público. Descartando a aquellas personas que siempre se sientan gracias a ciertas normas que les garantizan el derecho a apoyar la cola en un banquito, como abuelos y embarazadas, todos sufrimos alguna vez la situación que me dispongo a relatar.

Colectivo medio lleno. Subimos. Todos los asientos están ocupados. Tenemos que quedarnos parados, justo el día en que por haber caminado mucho, no sentimos las piernas. Desesperadamente intentamos adivinar quién se bajará primero. Nos paramos cerca de alguien que tiene cara de me estoy bajando. No se baja. Alguien se mueve en su asiento, como preparándose para descender. Nos acercamos tímidamente. Tampoco baja. Pasa el tiempo y el colectivo avanza. Sube más gente, que se para cerca de otros pasajeros sentados. Todos aquellos se bajan antes que el nuestro. Ellos se sientan antes que nosotros.

Considerando al colectivo como un único sistema inercial, en el cual pueden descartarse diferencias en el intervalo temporal para todos los pasajeros por estar moviéndose todos juntos a la misma velocidad, puede medirse no sólo el tiempo absoluto de viaje para cada pasajero sino también el tiempo durante el cual, éste viajó sentado.

Ahora bien, si bien no todos los pasajeros recorren las mismas distancias, valiéndonos de los tiempos cronometrados de viaje y permanencia en el asiento, podemos obtener fácilmente el porcentaje de comodidad para cada pasajero (tiempo sentado x 100 / tiempo de viaje). Así obtenemos, finalmente, el índice de confort para cada pasajero durante un cierto recorrido de un colectivo determinado. Ordenando los valores obtenidos de menor a mayor, podemos establecer el ranking de injusticia para dicho recorrido.