Genocidio natural

Esta vez vamos a viajar en el tiempo con algunas precauciones. Así que todos agarren su tanque de oxígeno y pónganse la máscara inmediatamente. ¿Vieron cuántas cosquillas? La materia tiembla un poco cuando se manipulan de esta forma las leyes de la física.

Ya estamos en 1986. Es el vigésimo primer día de agosto. Y aún cuando todos partimos de distintos lugares, porque yo no estaba en sus casas ni ustedes frente a mi computadora, ahora estamos todos en Camerún. Está a punto de suceder algo terrible.

Estamos en un poblado y sí que parece normal. Caminamos por sus calles y la gente nos mira muy raro. Y no es que vengamos del futuro, les llama la atención que tengamos puestas las máscaras de oxígeno.

Ya son las nueve de la noche. El desastre acaba de comenzar. No, no hubo ningún ruido. Tampoco tiembla la tierra. Es que no van a sentir nada. Quizás sea mejor que nos tiremos a dormir un rato. Sí, acá mismo, pero no se saquen las máscaras de oxígeno.

En otra situación, seguramente sería lindo ver como todo comienza a iluminarse con la salida del sol, pero hoy es distinto. A medida que sube, la estrella alrededor de la cual nos pasamos la vida girando, ilumina un pueblo en el que no queda casi nadie vivo.

Acá cerca hay un lago al que llaman Nyos. No es más que un montón de agua envasada en el cráter de un volcán que supera los tres mil metros sobre el nivel de mar. Ayer por la noche, cuando nosotros llegamos, liberó enormes cantidades de dióxido de carbono. El gas, por ser bastante pesado, se mantuvo muy cerca del suelo. Asfixio a casi todo el pueblo.

Presenciamos un evento histórico, aunque no de los más bonitos. Podríamos ponernos a contar los muertos pero nos va a llevar tiempo. Son mil ochocientos.