Cuesta abajo

Javier ha resultado un elemento clave para el control del mal estacionamiento en la ciudad. Recordemos que se lo empleó en el estado para que controle vehículos mal estacionados, y se le permitió hacer uso de sus métodos creativos y extremadamente trasgresores. En poco tiempo ha logrado reducir enormemente la cantidad de vehículos mal estacionados en la vía pública aplicando diversos métodos destructivos que hicieron llorar a casi todos los propietarios. Recordarán ustedes aquel coche cuyo techo Javier atravesó con el cartel que rezaba prohibido estacionar. Y ese no fue el único vehículo destruido.

Hoy se dispone a hacer algo más divertido. Realmente se siente muy bien con este trabajo, nunca se había imaginado que alguien podría pagarle por realizar una tarea tan violenta. Está esperando que aparezca su víctima. Viste una barba postiza y un sombrero. Es que desesperados, los automovilistas de la ciudad han hecho circular su foto advirtiéndose mutuamente para salvar a su más preciada posesión.

Pero siempre hay alguien que se distrae. Así que Javier está parado en una esquina. Ahí lo vemos esperando la oportunidad de expresar su arte destructivo. Un auto se detiene en doble fila. El conductor salta hacia afuera y se dirige rápidamente a un quiosco. Javier se acerca, ni muy lento ni muy despacio. Abre la puerta. Suelta el freno de mano.

El dueño del vehículo sale del quiosco y pone cara de no me puede estar pasando esto. Su auto, víctima de la aceleración a la que lo condena la pendiente de la calle, comienza a moverse hacia una avenida muy transitada. Intenta alcanzarlo pero ya va muy rápido. Cierra los ojos. No oye ningún ruido. El auto ha conseguido cruzar la avenida sano y salvo. Pero a lo que la gravedad acelera, la inercia lo mantiene en movimiento. Se escucha un estruendo bastante fuerte. El auto se detuvo, pero contra un volquete. Ya no tiene la misma forma que hace un rato.