Venerando a Venus

Nos rodea un silencio absoluto. Sí, a mí y a ustedes. Es que el sonido no tiene medio que lo transmita acá en el espacio. Viajamos ya durante mucho tiempo y estamos bastante aburridos. No hay mucho para ver, pero estamos acercándonos al final del viaje.

Podríamos usar nuestros teléfonos inteligentes para compartir nuestra experiencia a través de una videollamada con los terrícolas que no están leyendo estas líneas, pero estamos en 1975 y todavía no hay de esos teléfonos. De hecho, en muchos lugares de nuestro planeta, todavía no hay teléfonos de los viejos, los que no eran inteligentes y estaban atados a la punta de un cable.

Ya estamos sintiendo el calor. Esto de estar volando hacia el sol se está poniendo duro. Podríamos matar el tiempo charlando con el módulo que nos hace el favor de llevarnos, pero es ruso y de castellano no entiende ni un poco.

Ahí está Venus. Planeta sugerente, caliente y por supuesto, peligroso. Aunque en la década del setenta todo planeta es peligroso. Vamos a tratar de ver como una parte de Venera 9 se posa sobre el planeta blanquecino y se transforma en el primer objeto construido por el hombre en enviar imágenes desde la superficie de otro planeta. Hace dos días nos separamos del satélite que va a orbitar Venus y reenviará la información obtenida por el módulo que acompañamos a nuestro planeta.

Ya estamos cerca. Empieza el descenso final. Nos chocamos contra una atmósfera malévola, que aprieta la superficie del planeta con una presión noventa veces mayor que la que tenemos en el planeta celeste. Acompañamos al módulo en su descenso pero nos sentimos incómodos. ¡Nos estamos asfixiando! El aire de Venus tiene mucho dióxido de carbono. ¡Nos empezamos a quemar! En la superficie hay más de cuatrocientos grados.

Vamos a morir antes de ver como choca el módulo contra el piso. Igual, créanme, lo va a lograr. Va a mandar una foto de Venus. De todas formas el calor le va a hacer mal, y 53 minutos después de tocar la superficie, va a estar tan muerto como nosotros.