Pies descalzos

El aire está bastante frío y la ciudad desierta. Caminamos hacia una paradoja. Las calles vacías son extremadamente silenciosas. Cuidado con esa baldosa floja. Te manchaste el pantalón. Siempre guardan agua sucia para ponerte de mal humor.

Es importante que se descalcen. Todos tenemos que sentir la dureza del asfalto y la rugosidad de las baldosas. Ahora, mientras cruzamos una pequeña zona de tierra y césped, nos damos cuenta de que los dedos de los pies no son tan inútiles. Tenemos que llegar a aquella esquina y doblar a la derecha.

Ahí está, ¿Lo ven? Sí, es un zapato gigante. Debe tener unos diez metros de altura y los cordones son enormes sogas. Negro, de cuero, se impone en el paisaje con una gran autoridad. Quizás porque estamos muy poco acostumbrados a ver prendas de vestir de semejante tamaño.

Démosle la vuelta, tiene que haber alguna forma de subir. ¡Acá hay una escalera! Vamos, vengan conmigo. Suban. Sí, los pies duelen un poco. No, es fundamental tener los pies desnudos, ya van a entender por qué. Más rápido, que todos estamos ansiosos.

Hay muy poca luz. Enciendan las linternas. Va a ser difícil bajar, traigan una soga. Parece un zapato común, de buena calidad. ¿Quién lo habrá hecho? No, yo no vi ningún gigante por el camino, aunque es una buena explicación para una ciudad tan callada. Un gigante pudo haber asustado a todo el mundo.

Ya estamos adentro. Hace un poco de calor y a juzgar por los olores este zapato es nuevo, no debe haber ningún gigante. Caminemos hacia la punta. ¿Qué talle será? Debe ser un cuatrocientos treinta, más o menos.

Ya está. Terminó la aventura. ¿De qué se trataba? ¿No lo ven? Es la paradoja. Estamos descalzos, pero con los pies adentro de un zapato.