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No tenía ojos para conocer el resto del universo, pero con esfuerzo y mucha atención había conseguido entender algunas de sus propias características. No parecía lógico que un ser fuera tan desproporcionado. Ella era larguísima y muy flaca. Flaca como un fideo, pero bastante más larga. Quizás sea posible hacer fideos así de largos pero sería una complicación comerlos.

Sabía muy bien que estaba la mayor parte del tiempo enroscada sobre sí misma. No le incomodaba. Sí se sintió un poco rara después, cuando se dio cuenta de que alguien tiraba de uno de sus extremos y la retorcía. Después de cada vuelta una espada gigantesca rozaba su cuerpo con peligrosidad.

Su preocupación no duró mucho, cualquiera puede adaptarse rápidamente, sobre todo ante eventos que se repiten. Una vez no pasó nada, dos veces. Al rato uno asume el hecho como algo natural. Lo peor vino después, varios días después. Aunque ella no supo nunca de temporalidades.

Si en un principio estaba retorcida sobre sí misma, ahora era una especie de colección de nudos, que uno al lado del otro formaban una trama. Aunque ella no tenía idea de lo que era una trama. Y así, después de miles de torsiones, llegó un después. Tubo una nueva sensación. En seguida se dio cuenta de que ya no era tan larga. No le dolió.

Cuando alguien teje una bufanda o cualquier otra cosa, va desarmando un ovillo de lana paulatinamente, mientras la anuda valiéndose de una o dos agujas enormes.