Bolas de caca

Con el tiempo Javier cumplió su condena. Sin embargo, era feliz siendo empleado estatal. Sus métodos habían logrado una reducción significativa de todas las contravenciones de tránsito en la ciudad. Así que el estado también estaba feliz.

Cuando solicitó permiso para tener bajo su control otro tipo de contravenciones, sobre todo las relacionadas con el correcto uso de los bienes públicos, nadie dudó en otorgárselo. Es más, algún que otro político pensó en asignarle presupuesto para que maneje una brigada de trasgresores. Pero él quería ser el único.

Ahora lo vemos salir de su inmueble, es que como oyó eso de que para cambiar el mundo mejor empezar por casa, Javier va a iniciar su cruzada contra las contravenciones en su propio barrio. Tiene unos guantes extrañísimos. Los hizo él mismo. Lo sé porque estuvo trabajando en eso durante la última semana. Son muy especiales.

Paciencia. Ya vamos a saber para qué son los guantes. Javier camina rápido, describe una trayectoria sin ninguna particularidad, hasta que ve a lo lejos a un señor elegante que va con su perro. El perro ensucia la vereda con porquería de estado sólido. No se trata de orina congelada, es lo otro.

Javier alcanza la posición de la deposición rápidamente. Ahora es cuando utiliza sus guantes. Toma la materia fecal y mueve las manos en forma coordinada fabricando proyectiles de caca. Sí, ya sé, es un asco. Saca un recipiente de su mochila y los guarda.

Ahora camina persiguiendo al señor elegante. Se detiene a unos diez metros. Abre el recipiente y hace esa coreografía típica de los lanzadores del deporte del bate. Los proyectiles oscuros vuelan, la típica parábola de la cinemática del secundario.

La puntería de Javier es excelente. El traje del dueño del perro necesita lavarse, aunque va a ser difícil encontrar una tintorería que lo acepte. El perro no entiende mucho, pero falta no le hace. El tipo la próxima seguro sale con una bolsita.