Despegue grandote

Hoy es nueve de febrero. Pero eso ya lo sabían. Lo que no saben es que no es cualquier noveno día del segundo mes del año. Es el de 1969. Y estamos por presenciar un evento de trascendencia. Bueno, quizás no tan importante, sobre todo para nosotros que sabemos que dentro de unos meses, en julio, el hombre va a bajar en la luna para dar saltitos graciosos.

Ese que ven ahí no es cualquier avión. Es un 747 nuevito. El primer avión de fuselaje ancho. Enorme. De setenta metros de largo, con alas de casi sesenta metros. Cuatro motores a reacción y una joroba en la parte de adelante de lo más simpática.

Ahí en la escalerita podemos ver a Jack Waddel y Brien Wygle. Son los pilotos de prueba. Los primeros que se van a animar a mover semejante bestia. Pasaron apenas seis décadas desde que unos hermanos que arreglaban bicicletas les taparon la boca a todos esos escépticos que decían que no íbamos a volar nunca. Ahora, si lo de hoy sale bien, quizás el año que viene podamos hacerlo de a grupos de quinientas personas. Incluso los adinerados, van a poder tomarse un whisky en los sillones del primer piso.

Vamos a colarnos en el vuelo. Tranquilos que no hace falta que estén abiertas las puertas. Somos protagonistas literarios, podemos atravesar las ventanillas. Eso sí, no hagamos mucho ruido, no vaya a ser que los pilotos se pongan nerviosos.

El ruido de los motores es espectacular. Carretear arriba de esta mole es de lo más emocionante. Una cabina muy bonita. ¿Que quién es el tercer hombre? Es Jess Wallick, el ingeniero de vuelo. Miremos bien lo que hacen que cualquier cosa ponemos los flaps nosotros.

Ya estamos listos. La mano de Jack se acerca a la palanca de potencia. Los motores truenan con elegancia y el avión empieza a moverse. No, no es un auto de carreras. Pesa como ciento sesenta toneladas. Ya vamos más rápido. Ahí Jack sube un poco la nariz. Se retira el sonido de las ruedas. El vuelo no va a ser largo. Va a haber algún problema con los flaps, pero no es culpa nuestra.