Ríos de tierra

Gabriel había dormido en Santa María. Un pueblo de Catamarca ubicado muy cerca del límite con Tucumán. Antes de acostarse había aprovechado para hacer todas esas cosas que tienen que hacer los fotógrafos modernos, que por no usar más rollos de película tienen que copiar sus imágenes a la computadora y por las dudas a algún dispositivo de almacenamiento masivo, por cualquier cosa que pudiera ocurrir.

La foto que tiene en mente Gabriel para esta mañana es un poco más monumental. Sigue muy inspirado con la arqueología, esta vez pretende usar las Ruinas de Quilmes. Tiene una mochila grande y no para guardar la cámara. Guarda unas extrañas flechas. El arco está en el baúl del auto. En el que también hay unos extraños baldes.

El artista de la luz salió del pueblo hacia el norte y tomó la ruta cuarenta. Cruzó la frontera provincial entrando a la provincia de la independencia y poco después de pasar el empalme con la 357, dobló a la izquierda. No había nadie, quizás por la época del año.

Dejó el auto medio escondido y cargó la cámara, el arco y las flechas. Se ató los baldes del baúl a la mochila y los fue arrastrando hasta la trepada hacia uno de los miradores mientras una tintura de un rojo muy bonito se iba escapando por orificios en las paredes de plástico.

Dejó los baldes muy cerca de la ladera y subió. Comenzó a lanzar las flechas. En las puntas unas bombitas llenas de un tenue naranja reventaban contra el suelo manchándolo con elegancia. Después de un rato quedó conforme.

Tomó la cámara, jugó un poco con el diafragma. Buscó un buen encuadre. Hizo una toma de prueba, que chequeó en la pantalla trasera. Volvió a poner el ojo en el agujerito que le dejaba ver a través de la lente. Y sacó una foto fantástica.


Otra vez me despertaron temprano. Abrí el ojo por un momento muy breve. Alcancé a ver lo que parecían ser paredes bajas dibujando líneas curiosas en el suelo. Esta vez, como abrí el ojo una segunda vez, noté claramente el río rojo que descendía hasta perderse en el borde de mi lente.