Hay equipo

Como Javier ya no se divertía tanto haciendo que la gente pase un mal rato, reconsideró la oferta de un curioso dirigente del distrito. Aceptó quedar a cargo de una brigada de trasgresores. Era pública la gran reducción de las contravenciones en la ciudad desde que Javier supo trasgredir siendo útil a la sociedad. Resultaba bastante fácil de creer también, que una pequeña inversión en recursos humanos podía mejorar aún más el rendimiento de su método.

El trasgresor seleccionó a los integrantes de su equipo personalmente. Todos estarían a prueba durante noventa días corridos, esperándose de su parte una participación activa en el método recién a partir de la tercer semana. Javier no tardó nada en darse cuenta de que su acostumbrado procedimiento se podía volver mucho más eficiente. La división de tareas permitía que, mientras parte de su equipo se ocupaba de seleccionar víctimas, estimar presupuestos y construir lo que hiciera falta, él pudiera dedicarse únicamente a concebir los planes de ataque.

Uno de sus muchachos nadó en un club como incógnito durante una semana. De todas las muestras de mala conducta observadas, el equipo seleccionó de forma unánime el arrojar el chicle sin gusto a los mingitorios en el vestuario masculino del club. Pero como no había presupuesto para darle una lección a todos los idiotas que obligaban al encargado del baño a ensuciarse la mano todo el tiempo, se seleccionó a uno de manera aleatoria.

Y un día la víctima arrojó el chicle en el mingitorio y un rato después salió del baño. Listo para ir al trabajo relajado, con esa sensación muscular tan placentera que da hacer ejercicio. Fue al estacionamiento a buscar el auto ignorando, por supuesto, lo que estaba a punto de sucederle.

A unos cincuenta metros, el equipo de trasgresores ya tenía lista una catapulta que aunque moderna, guardaba un tremendo parecido con esas de las guerras medievales. Ante una seña de Javier, la única señorita integrante del equipo, tiró una palanca para atrás.

Justo antes de entrar en el auto, la víctima quedó sepultada en un chicle gigante, de unos tres metros cúbicos. Desesperado, logró en pocos segundos sacar la cabeza para respirar. Aunque tardaría quince horas en limpiarse el resto del cuerpo.