Castillos geológicos

Esos son los castillos. Acá en el noroeste argentino les dicen así. Rayas profundas, verticales, dan la sensación de diseñar la arquitectura sedimentaria que adorna el paisaje. Disculpame, discutió Rodrigo con su otro hemisferio del cerebro, pero lo que decís tiene un claro sesgo medieval. Lo que acá los lugareños describen como castillos tranquilamente podrían llamarse rascacielos. Claro que a la gente del interior le molesta un poco el urbanismo. ¿Qué decís? Ahí nomás se interrumpe Rodrigo con el primer hemisferio. No seas tan porteño.

Pido disculpas, continúa el otro, pero no me vas a decir que no tengo razón. Los surcos en las montañas son surcos. Si te sentás en una reposera y los mirás todo el día vas a encontrar miles de formas distintas de llamarlos. Está bien, tenés razón. Claro. Igual más allá del nombre que les demos están buenísimos. Una bella manifestación del trabajo del agua y el viento a través de los años.

Ahora soy yo el que no estoy de acuerdo. ¿Vos decís que el agua y el viento tuvieron el mismo grado de participación? Eso me dijeron, se contestó Rodrigo a la defensiva. Darle tanto crédito al agua en un lugar donde no llueve nunca me parece un despropósito. No te agarres de las estadísticas meteorológicas. Sabés muy bien que el impacto que puede tener un baldazo de agua en esta roca enclenque es mucho más grande que el daño que le podés hacer soplando un poco. ¿Qué decís? Estamos hablando de masas de aire gigantes, a velocidades de importancia. Y durante todo el año.

Esperá. Vas a estar de acuerdo conmigo en que el aire es muy liviano y no se cae. Sí, claro. Y en que el viento se mueve de manera más o menos horizontal. Así que es evidente que esos surcos los hizo el agua, porque si no no estarían alineados para abajo.

A veces, cuando Rodrigo es capaz de presentarse a sí mismo argumentos de tanta contundencia, no le queda otra que guardar silencio.