Chorros porteños

En el día de ayer se estrenó el último corto de Rubén Film. El microcineasta nacido en Buenos Aires intentó sin éxito llamar la atención de una audiencia lista para disfrutar del último gran éxito del cine comercial norteamericano.

Sucede que el trabajo del desconocido y polémico director argentino nunca dura más de dos minutos. Situación que hace difícil convencer al público de tomarse el trabajo de ir hasta el cine a verlo. Así que como hizo con sus últimas tres películas, el estreno de Chorros porteños tuvo lugar durante los momentos previos a la proyección del largometraje superproducido, entre una propaganda y otra.

La brevísima película, producida por Percepciones de la ignorancia, sufrió la injusticia de la desatención. Incluso podría asegurarse que muchos de los presentes disfrutaron más de las publicidades.

Digo injusticia porque pocas veces se ha visto, condensada en tan sólo ochenta segundos, una crítica tan sutil y efectiva a la corrupción en Argentina. Totalmente rodada en piletas y lavabos, con una banda de sonido que recurre únicamente al sonido producido por el agua y un par de cuencos tibetanos, Chorros porteños nos muestra como la tolerancia social ante la ambición desmedida del gobierno permite que nuestro futuro fluya, pero se vaya por el drenaje.

Merece mención también el tímido coloreo de las imágenes, recurso expresivo que genera la sensación de que entre el espectador y la película hay algo. Una especie de tela traslúcida que va cambiando de color.

Film no consiguió captar la atención de una audiencia impaciente por ver una película llena de efectos especiales, pero conmovió profundamente a sus fanáticos seguidores. Su madre y su abuelo. Ni siquiera lo logró con su hermana.